sábado, 1 de diciembre de 2007


EL HOMBRE DE LA CALLE


“Hijo, no todo lo que se puede hacer, físicamente, se debe hacer moralmente”. http://www.youtube.com/watch?v=o62EyI_v__8
Cuando era pequeño solía pasear con mis padres, algunas tardes doradas de otoño, por los estrechos caminos de tierra y de piedra que cruzaban los viejos viñedos, repletos de dulce uva. Muchas veces, al llegar a la finca de los Giles, preguntaba a voz en grito, con cierta curiosidad y machacona insistencia: ¿Puedo coger un racimo? Poder, poder, respondía mi buena madre, con la moderada sensatez aprendida al compás de las rectas acciones, sí puedes, pues tienes los pies libres y las cepas de la viña están al alcance de tu mano. Pero no debes, ya que es una obligación respetar lo ajeno. Y como tarareando un estribillo de una antigua canción, proseguía: Hijo, no todo lo que se puede hacer –físicamente– se debe hacer –moralmente–.

Hoy, cuando los hombres de la calle avanzamos veloces por el tortuoso camino de la vida, al son de suaves melodías y estruendosos tambores, con frecuencia trocamos las señales indicadoras de un término afortunado y nos guiamos por falsos conceptos, que de no corregirnos, nos empujarán inevitablemente hacia el barranco inútil, repleto de hojarasca y de maleza.

Existen personas que confunden, al menos en la práctica, la radical diferencia entre aquello que es legal, porque está permitido por la ley humana y aquello que es moral, porque está permitido por la ley divina.

Ante este error conceptual, alegremente concluyen: Las leyes morales han cambiado o cambiarán porque también han cambiado o cambiarán las leyes civiles, por tanto, lo que acaban de permitir o permitan las leyes del Estado quedará permitido también de ahora en adelante por las leyes de Dios y de la Iglesia.

Esta inexacta manera de pensar, más tarde de actuar, se deriva del tremendo influjo que, en el comportamiento del ciudadano medio, ejercen de hecho los modelos de conducta aceptados y aplaudidos en el ambiente social en que vivimos; los cuales con frecuencia olvidan los más elementales preceptos morales.

Y muchos, influenciados por ese viejo e ilógico principio: Lo hacen todos, es la moda, hacen lo que otros hacen, determinando su estilo de vida por el comportamiento de unos pocos. Y sin juzgar demasiado los móviles que mueven tal forma de vivir, llegan al extremo de permitir en sus acciones lo claramente prohibido o al menos a desentenderse de evidentes exigencias morales.
Esta actitud, socapa de proteger un talante liberal y en aras de un falso pluralismo de conductas, esconde en su actuación una raíz autoritaria, sustituye sus normas morales de inspiración religiosa por otras contrarias, que integran lo que algunos han venido en denominar moral civil.
En esta nueva moral, el término legalizar significa para algunos canalizar legalmente lo que de otro modo se hace a escondidas, con los inconvenientes de la clandestinidad. Para otros, significa moralizar, no distinguiendo éstos entre legalidad y moralidad, por entender que sólo a la ley humana corresponde establecer y definir en cada momento histórico lo que es bueno o malo, lo lícito o lo ilícito en todos los órdenes.

Ante la posibilidad de cambios importantes en la legislación civil es necesario que el hombre de la calle no renuncie a la coherencia que debe existir entre la ley humana y la ley divina, natural o positiva, tanto en la vida individual como en la vida colectiva.

Recordemos tres precisas reglas que un ilustre profesor de Derecho señala en su trabajo: La influencia de las leyes en el comportamiento moral:[1]
Primera, “no siempre coinciden lo lícito civil y lo lícito moral. No deben confundirse legalidad y moralidad. No es correcto pensar que lo que las leyes civiles permiten o no castigan, es también siempre lícito según la ley moral”.

Segunda, “en determinadas circunstancias, las leyes civiles pueden no reprimir sin aprobarlos, por eso, ciertos vicios. En estos casos de leyes tolerantes, tampoco es lícito acogerse a la ley civil con desprecio de la ley moral”.

Tercera, “existen crímenes ante los que no cabe la tolerancia, que deben ser combatidos siempre por las leyes civiles, mediante las penas correspondientes”.

Y volviendo a la anécdota del principio, en caso de duda, preguntemos a nuestra Madre la Iglesia, que siempre en su doctrina encontraremos la respuesta acertada, conveniente, segura.

DN 12 de febrero de 1980

[1] Amadeo de Fuenmayor, Legalidad, moralidad y cambio social, Eunsa, Pamplona 1981, La influencia de las leyes en el comportamiento moral. Lección inaugural del año 1978 ó 1979 en la Universidad de Navarra, Pamplona, 4 de octubre de 1978. Ius Canonicum, julio, de 1979, vol. 19, n. 38.

jueves, 29 de noviembre de 2007




Lazos de amistad



“Y con la nieve rondando por nuestra ciudad, ha llegado el ambiente, lo exterior, lo accidental, el marco de seda, a estas fiestas cristianas”.

La Navidad es más Navidad cuando se vive por dentro. Cuando se abre el cuenco del amor al Dios hecho Niño y al hermano que convive a nuestro lado. Cuando se adorna la mesa con la salsa de la caridad.

Y, externamente, se siente la Navidad, cuando se cubren los montes de nieve y los tejados de las casas destilan lluvia azucarada. Cuando las calles se adornan con luces y en los escaparates tintinea el ruido de las estrellas artificiales.

Este año, para ti y para muchos, la Navidad ha brillado con un nuevo resplandor, con un nuevo sentido, porque durante bastante tiempo hemos ido regando nuestro espíritu de sencilla normalidad: “Dios con nosotros”[1].

Para otros, la Navidad ha supuesto un paso hacia atrás, en la negra tragedia de ocultar la cabeza en la triste ala de la indiferencia. Y no le demos vueltas, cuanto más se escarba en la profundidad, mas abajo se llega en las conclusiones.

Y con la nieve, rondando nuestra ciudad, ha llegado el ambiente, lo exterior, lo accidental, el marco de seda, de estas fiestas cristianas.

Lástima que la ciudad haya estado tan triste y tan sosa. La luz, querámoslo o no, alumbra, aclara, encamina, alegra, anima. Y la sombra, la obscuridad, entristece, despista, aplana.
No queremos ser agoreros, pero la tacañería no es señal de ilusiones. Hay gastos que relucen menos y arruinan más. Hay despilfarros que hacen menos contagio y mucho más ruido.

Pero dejemos estas cosas –quisicosas que decían los antiguos– y vayamos a lo esencial, al meollo, al grano, a lo importante.

Y lo importante está en el corazón. Yo te prometo un poco más de comprensión. Dame tú la tuya y habremos creado un nuevo lazo de amistad.

DN 14 de abril de 1983

[1] Mat. 1,22.

domingo, 25 de noviembre de 2007


IMPORTANTE DOCUMENTO

ENTRE LOS ESCRITOS AL TRASLUZ



Documentación.
La Red Informática de la Iglesia en América Latina ante la brecha digital

Por Edgardo Horacio LürigSANTA FE DE LA VERA CRUZ, sábado, 24 noviembre 2007
(ZENIT.org).- Publicamos una intervención de Edgardo Horacio Lürig, responsable de Formación del Centro Nuestra de Guadalupe de la Red Informática de la Iglesia en América Latina (www.riial.org/centro RIIAL), sobre « La brecha digital y la sociedad de la información, una mirada desde la RIIAL» (www.riial.org/centro).
* * *
Antes de entrar de lleno en el aporte sobre brecha digital desde la mirada de la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en América Latina) y desde el Centro Nuestra Señora de Guadalupe, creo conveniente definir previamente que entendemos por brecha digital y sociedad de la información.Nos dice la Wikipedia: brecha digital es una expresión que hace referencia a la diferencia socioeconómica entre aquellas comunidades que tienen Internet y aquellas que no, aunque también se puede referir a todas las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (teléfonos móviles y otros dispositivos). Como tal, la brecha digital se basa en diferencias previas al acceso a las tecnologías. Este término también hace referencia a las diferencias que hay entre grupos según su capacidad para utilizar las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) de forma eficaz, debido a los distintos niveles de alfabetización y capacidad tecnológica. También se utiliza en ocasiones para señalar las diferencias entre aquellos grupos que tienen acceso a contenidos digitales de calidad y aquellos que no.«La brecha digital se define como la separación que existe entre las personas (comunidades, estados, países…) que utilizan las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) como una parte rutinaria de su vida diaria y aquellas que no tienen acceso a las mismas y que aunque las tengan no saben cómo utilizarlas». Con respecto al término Sociedad de la información, la Wikipedia nos dice que: «Una sociedad de la información es una sociedad en la que la creación, distribución y manipulación de la información forman parte importante de las actividades culturales y económicas».La sociedad de la información es vista como la sucesora de la sociedad industrial. Relativamente similares serían los conceptos de sociedad post-industrial (Daniel Bell), posfordismo, sociedad postmoderna, sociedad del conocimiento, entre otros.Desde la perspectiva de la economía globalizada contemporánea, la sociedad de la información concede a las TIC, el poder de convertirse en los nuevos motores de desarrollo y progreso. En todo caso, aun quienes se muestran optimistas con respecto a la "Sociedad de la Información", admiten que la brecha digital es uno de los principales obstáculos en este modelo de desarrollo. A grandes rasgos, este fenómeno se refiere a todos aquellos sectores que permanecen por muy diversas razones, al margen de los beneficios y ventajas asociados a las TIC .»
La Red Informática de la Iglesia en América LatinaLa UNESCO, en el I Congreso Continental de Iglesia e Informática, en el año 2003, ha destacado el papel de la RIIAL, como una red social única en el mundo. No por su infraestructura tecnológica (que no es mucha), sino fundamentalmente por sus principios que a continuación veremos.La RIIAL, surgida antes de que el fenómeno Internet se expandiera en el continente latinoamericano, dio respuestas concretas al problema de la brecha digital. Pero antes abordar dichas respuestas, creo conveniente, explicar que es la RIIAL y cual es su filosofía .La RIIAL es: Una Red de personas, de la Iglesia, para la Iglesia y para la Sociedad. Para la Iglesia: Instrumento de comunicación. Para la sociedad: Instrumento para el encuentro y la evangelización. Permite: Acortar distancias, reducir tiempos, disminuir costos, reunir conocimientos, encontrar y distribuir información. Inicialmente estaba pensada para ser una red informática, de ahí su nombre. Con el tiempo, se convirtió en una importante red social.Es un instrumento para la comunión porque ayuda a conocer-comprender la situación que viven los demás, compartir experiencias, documentos y recursos, estrechar los vínculos entre las Iglesias particulares, compartir la vivencia de la fe, contemplar juntos la realidad del Continente a la luz de la fe, conjuntar esfuerzos para la evangelización, hacer accesibles recursos y conocimientos a los grupos más necesitados, llegar a los agentes de Evangelización oportunamente.Con el uso de la informática se ha desarrollado la ciencia, se han impulsado las empresas, se han humanizado muchas tareas. Así pues, ambos pueden servir también para la Evangelización, teniendo en cuenta que es un proceso generalizado en el mundo, y que los signos de los tiempos nos impulsan a servirnos de él. "La capacidad de formar equipos de personas que colaboren entre sí para lograr una meta común, ha mostrado siempre ser muy fructuosa. Pero yo diría que hoy se trata de un método irrenunciable. La configuración de nuestro mundo ya no admite las figuras solitarias que brillan y se extinguen en un fulgurante aislamiento. La complejidad de la sociedad actual requiere una visión interdisciplinar. Nadie puede permitirse el lujo de rechazar la aportación de los otros sin correr el riesgo de ser más pobre. La colaboración de todos en este campo es, si cabe, más necesaria y más urgente que nunca. Al formar una red, siendo cada uno quien es, se hace capaz de escuchar a los demás, compartir sus hallazgos y sentarse a la mesa de un banquete donde todos dan y reciben, aceptada la invitación del "Presidente del Ágape". Suscitar redes implica a la vez paciencia y humildad por parte de todos. Así los frutos son mayores y más permanentes, pues se ve que no sólo el mensaje es el de Cristo, sino también lo es el modo como se expresa, y es vivido en unidad por las personas que lo proclaman." (S.E.R. Pierfranco Pastore, Secretario del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Lima, 24 de marzo 2000). El proyecto técnico estudia soluciones en tres áreas: • La Comunicación: Comunicar a las personas e instituciones, asegurar la privacidad y reserva de las comunicaciones y acortar distancias, tiempos y costos • Las Bases de Datos: Ayudar a acceder a entidades y encontrar personas, proveer de estadísticas y datos que ayuden a comprender la realidad, proveer los datos de los cristianos de manera que puedan ser fácilmente accedidos, mantener actualizadas y accesibles las Guías Eclesiásticas y demás datos de interés general y proveer de programas para la gestión económica • Los Bancos Documentales: Digitalizar la documentación de la Iglesia para su mejor conservación y difundir la sabiduría y la enseñanza eclesial de manera sencilla y accesible Contribuciones de la RIIAL en la reducción de la Brecha Digital La RIIAL, desde sus orígenes ha sido misionera en esta cultura digital. Impulsada por el «Id y evangelizad hasta los confines del mundo», ha buscado siempre la inclusión en el área de las TICs favoreciendo a los «… los excluidos por el analfabetismo tecnológico…».
• «Una red humana de respuestas y ayudas»: «Todo miembro de la RIIAL que encuentre soluciones específicas para su propio contexto, esta invitado a compartirla con los demás, en el espíritu solidario de la RIIAL. Se trata de un espacio colaborativo, un modo de uso de la informática con espíritu de colaboración, de comunicación y comunión… …Puede compararse con una «mesa común» en la que cada uno participa según su identidad eclesial y ofrece sus hallazgos de forma gratuita para los demás miembros, beneficiándose a su vez con lo de los otros. Esto genera una conciencia de red.» «Una Red, dentro de la gran red de la humanidad, que se convierta en permanente agencia de sentido, que ofrezca como contenidos al hombre de hoy respuestas certeras y que siempre esté dispuesta a dar razones de nuestra esperanza (cf. 1 Pe 3,15)». • «Llegar a los últimos»: Desde sus inicios, la RIIAL ha tenido como eje principal de su acción «Llegar a los últimos». Es decir, uno de sus objetivos principales ha sido «construir una red para la comunión eclesial, que sirva a los más pobres y necesitados y que lleve el mensaje del evangelio hasta el último rincón del continente». Como se lee al pie del sitio web de la RIIAL: «Mientras exista en el continente un sacerdote, una comunidad religiosa, un catequista, un agente de pastoral que esté necesitado de comunicación y de asistencia de materiales para su vida y su trabajo evangelizador, la RIIAL estará 'en construcción' y no habrá completado su objetivo». • «Necesidad-Servicio»: La RIIAL ha ideado soluciones siempre de acuerdo a la ecuación «Necesidad-Servicio», es decir, ha creado servicios que apunten a necesidades reales y concretas. Ejemplo: Si la Iglesia necesitaba comunicación, la RIIAL buscó soluciones diversas de comunicación: e-mail, correo, telefonía, etc. Más adelante, veremos algunos ejemplos de redes de comunicación creadas con pocos recursos pero con mucho ingenio.
• «Traje a medida»: Otro concepto fundamental en la filosofía RIIAL es confeccionar el «traje a medida», ya que el proyecto es aplicado según la realidad: No se aplica de una única forma. Se tienen en cuenta, en cada país, diócesis, etc., los objetivos eclesiales propios a corto, mediano y largo plazo, las condiciones socio-económicas de la Iglesia local. Las personas que lo llevan adelante, las necesidades concretas de cada punto de la Red, la cultura a la que servirá, las posibilidades técnicas del mercado propio y la situación técnica del lugar.
• «Experiencias piloto»: Con su experiencia de casi 20 años, la RIIAL propone realizar los proyectos de TICs con la metodología de experiencia piloto, con un grupo reducido, gradualmente, por etapas. Y poco a poco, ir extendiendo el proyecto hasta alcanzar toda la realidad.
• «Principio de subsidiariedad»: Por el cual las diócesis más grandes o con mayor infraestructura o personal, «apadrinan» a diócesis más pobres o pequeñas.
• «Capilaridad»: «Se llega hasta el último no por disponer de una gran infraestructura, sino por la dinámica de la capilaridad de la propia iglesia». La RIIAL aprovecha los canales que le son propios: capillas, parroquias, diócesis, conferencias, institutos, universidades, colegios, etc. para poder llegar al que necesita los servicios concretos. Ejemplos de algunos Proyectos de Inclusión Digital que llevó adelante la RIIAL - Experiencias de Conectividad, Eje de Comunicación: - Argentina, Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz: Año 1995, construcción de una Red de correo electrónico sin Internet, con computadores 286, 386 y 486, bajo Windows 3.1. Dicha red aún funciona, combinada con una red más avanzada. - Cuba, Conferencia Episcopal: Año 2000, construcción de una Red de correo electrónico con una única cuenta de correo a bajísima velocidad provista por el gobierno para todas las diócesis de la isla. - Perú, Diócesis selvática: Año 2000, sin electricidad ni líneas telefónicas, construcción de una Red de correo electrónico a través de la tecnología de radio módem (Esto es servicio de email combinando computadoras y equipos de radio llamado). Con equipos antiguos. Dicha red aún funciona. - Agencias de Noticias y Servicios Informativos: La RIIAL ha ido acogiendo o generando agencias de noticias en formato digital, accesibles vía web o por envío de en formato de boletín digital o newsletter: - ZENIT: Agencia electrónica informativa católica. «El mundo visto desde Roma», en español, inglés, francés, portugués, alemán, italiano y árabe. Noticias diarias, análisis semanal.
Es la Agencia católica de mayor difusión en el mundo. Ver http://www.zenit.org/. - OBSERVATORIO DIGITAL (Servicio de Observación sobre Internet - SOI): Un asistente para el examen constante de diversas realidades en la Sociedad de la Información, y de la propia Internet como fenómeno técnico, cultural, religioso y social. Publica un Boletín semanal. Análisis sobre el impacto de las nuevas tecnologías y su uso en los diversos ámbitos sociales, desde una visión esperanzada, con base en los valores del Evangelio. Elabora estudios sobre la evolución de la «cultura digital» a través de un equipo interdisciplinar e intercultural desde América Latina y España.
Ver http://www.observatoriodigital.net/. - Agencia informativa católica argentina: Noticias diarias vía e-mail con información de la Iglesia Argentina y universal. Información sobre obispados, obispos y documentos. Santoral. Documentos oficiales de la Iglesia. Temas de actualidad.
Ver http://www.aica.org/. - Agencia electrónica informativa católica realizada en Perú. Servicios web con santoral, enciclopedia católica y muchos otros. Español, inglés y portugués. Ver http://www.aciprensa.com%20/. - Radio y Servicios para Emisoras: - Radio Vaticano: Informativo semanal en español, portugués que llega automáticamente a todos los subscriptores a través de la RIIAL. Este llega en forma escrita y en audio según lo que el subscritor lo desee. El interés de este sitio es llegar a todos los interesados siguiendo la filosofía de la RIIAL pero especialmente a las emisoras, periódicos, televisión, etc. Actualmente se cuenta con muchos subscriptores que de diversas maneras esta en comunicación con nosotros. Este informativo vía e-mail puede también encontrarse en la pagina web de la Radio Vaticana, sección en español para América Latina y en la pagina web de la RIIAL. Todos los boletines se mantienen en un archivo para que pueda ser consultado posteriormente.
Ver http://www.radiovaticana.org/ y www.radiovaticano.org/demand.htm. - Bancos Documentales: - Servidoras: Como la Iglesia necesitaba documentos eclesiales en formato digital para sus tareas pastorales, la RIIAL desarrolló los Bancos Documentales, disponibles vía web (www.servidoras.org.ar) pero también pensando en aquellos que no pueden acceder a Internet, disponibles en CD-ROM o incluso en disquetes que funcionan bajo Windows 3.1. - Clerus: Documentos eclesiales en diferentes formatos e idiomas (CD, Smart-CD, Web, PDA, Móviles). Ver http://www.clerus.org/. - Biblioteca Electrónica Cristiana (BEC), actualizada constantemente, con los documentos más recientes del Magisterio pontificio y de la Santa Sede en general. Especialmente rica en Teología, Patrística, Pastoral, Humanidades. Ver http://www.multimedios.org/. - Desarrollo de Software Eclesial y Formación para la RIIAL - Centro de Formación y Desarrollo de la RIIAL «N.S. de Guadalupe»: El Centro, surgido en el año 2003 a instancias del PCCS, desde el año 1999 ofrece el software gratuito para la gestión de curias diocesanas y parroquias llamado «Office Eclesial». El mismo funciona en diversas versiones para los diferentes tipos de computadoras: Desde PC 386 con Windows 3.1 hasta las de última generación, incluyendo Windows Vista. Linux o Mac no han sido contemplados como plataformas aún porque en base a estudios previos, el continente posee en su gran mayoría sistemas operativos Windows. Bajo Linux, hubo pruebas usando emuladores. - Formación - Centro de Formación y Desarrollo de la RIIAL «N.S. de Guadalupe»: -Cursos presenciales sobre la RIIAL: Desde el año 2003, el Centro ha organizado en forma colaborativa con las Conferencias Episcopales 18 cursos presenciales para la formación de Técnicos o Delegados RIIAL en los siguientes países: Bolivia, Ecuador, Guatemala, Honduras (con la participación de Costa Rica, El Salvador y Nicaragua), Paraguay (2 veces), Chile, Venezuela (2 veces), Argentina, Uruguay, Cuba, Perú, México, Panamá y República Dominicana. Ha estado presente como Experto en los Talleres sobre Nuevos Lenguajes de la Comunicación organizados por el CELAM en Colombia, Argentina y El Salvador. -Cursos de formación virtuales: Cursos virtuales del software Office Eclesial a bajo costo, para llegar de esa manera a muchas comunidades que no pueden costear los gastos de un curso presencial. - Instituto Superior de Catequesis Argentino: El ISCA es un Instituto Superior nacional de catequética cuya finalidad se inscribe en el ámbito de la investigación y de la formación de formadores. Por eso asume la preparación de los que van a ejercer la responsabilidad de la animación, coordinación, conducción y/o formación en la catequesis a nivel diocesano, regional y nacional, en las casas de formación del clero y en el ámbito de las congregaciones religiosas.
Ver http://www.isca.org.ar/. - Espacios de Estudio, Formación y Diálogo Interdisciplinar: Con la voz «formación interdisciplinar» la RIIAL está dando paso a una serie de personas y focos de sabiduría y cultura que desean hacer de su rica experiencia un patrimonio común y de la interrelación y el diálogo unas bases de conocimiento interdisciplinar en que se apoye el futuro. Filosofía, Cultura de la paz, formación en valores, etc.
Ver www.riial.org/espacios. - Webs eclesiales gratuitas - Proyecto Trimilenio (http://www.trimilenio.com/): La RIIAL provee a través de VE Multimedios, un espacio de alojamiento gratuito, diseño y soporte técnico para las parroquias, diócesis, movimientos, grupos juveniles, etc. - Proyectos de las Conferencias Episcopales: Por último cada Responsable de la RIIAL de las Oficinas de Comunicación a nivel país, desarrolla proyectos de inclusión digital. Alguno de ellos son: - Ecuador: Desarrollo del Plan Amanecer, Curso Virtual de Office Eclesial para todos los técnicos diocesanos, Programa de Radio «Sin cables», Manuales de Computación Básica para Párrocos, etc. - Perú: La RIIAL Perú recorrió presencialmente todas las diócesis del país en la persona de la Sra. Rosa Ramón, visitando y ofreciendo los servicios propios. - Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica: Desarrollo de la Red de Medios de Comunicación Centroamericana, aplicando los principios de la RIIAL a todos los MCS. - Bolivia: La RIIAL Bolivia ha recorrido y visitado todo el país, formando en comunicaciones e informática. Ha desarrollado un Directorio online de todo el país. Un servicio muy importante es el ofrecido por http://www.diakonia.com/, que es una escuela superior de comunicación audiovisual: Producciones audiovisuales, Campañas de promoción y educación sobre cultura y valores y Boletín electrónico. - Portales: Todos ellos ofrecen gran cantidad de subsidios para la vida espiritual, la pastoral, la información sobre la fe, consultorios familiares, fotos y dibujos digitales para hojas parroquiales y publicaciones, etc. - http://www.churchforum.org/es.catholic.nethttp://%20www.encuentra.com/http://www.elvaticano.com/http://%20www.aciprensa.com/ConclusiónLa RIIAL, de acuerdo a uno de sus lemas: «Mientras exista en el continente una persona que necesite comunicación, estará 'en construcción' y no habrá completado su objetivo». De acuerdo a la realidad sobre Brecha Digital que conocemos, la RIIAL estará en construcción permanente. Y de la misma manera, todas las iniciativas tendientes a reducir la famosa Brecha Digital, también se encuentran en construcción permanente, ya que surgirán nuevos desafíos, nuevas tecnologías, nuevas comunidades incomunicadas.La tentación que se da muchas veces en proyectos de tecnología y comunicación es pensar en la cuestión económica: que equipos se deben comprar, maquinaria, materiales, etc. Cuando en realidad, lo primero es tener bien claro el mensaje a transmitir, comprender que cada medio tiene su lenguaje, conocer a los destinatarios del mensaje y el equipo de personas con que se cuenta para el trabajo, verificar la ecuación necesidad-servicio, comenzar con lo que se tiene, ya que no siempre «lo último» es lo que sirve. Lo que sirve viene evaluado de su capacidad para satisfacer la necesidad planteada y trasmitir el mensaje deseado, ya que a veces las cosas «viejas» o sistemas que combinan resultan ser los más adecuados para nuestra necesidad concreta. Como la RIIAL lo ha comprobador en algunas de sus experiencias, hechas con muy pocos recursos.La clave está en las personas. No en las computadoras, no en las tecnologías, no en las estructuras. La conexión no asegura la comunicación. La clave está en conformar una red de personas, que mediante su compromiso y convencimiento personal, hagan lo posible para que la comunicación «llegue al último». Y «llegar al último» será posible si cada persona que conforma la red se convierte en un «tejedor de redes», es decir, en gente que dedique tiempo y esfuerzos a abrir espacios comunes de colaboración con otros individuos y entidades, de modo que los esfuerzos de cada uno se articulen entre sí, configurando áreas más amplias de comunión y de participación, incluso de una forma interdisciplinar que atraviese las fronteras de la propia específica área de acción.El tejedor de redes es aquél que, sin dejar de ser él mismo, es capaz de mirar a su alrededor, comprender también los estilos y metas de los demás y dialogar con ellos para acomunar esfuerzos en lo posible. La reflexión conjunta ayuda a establecer vínculos más duraderos y permite ofrecer servicios más amplios a los destinatarios de ambos. Vista en esta clave, la pluralidad de formas, estilos o sensibilidades no sólo no constituye ningún obstáculo, sino se manifiesta como una gran riqueza para el conjunto.

lunes, 19 de noviembre de 2007


MAS ALLÁ DEL PÓRTICO

«La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, el zarpazo, el golpe, la zaparrada, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura».


No es tarea fácil, diría casi imposible, dar cuenta en un breve artículo como éste, de la extensa temática recogida y desarrollada por Juan Pablo II en su reciente Exhortación Apostólica sobre la familias, «Familiaris consortio».

Sin embargo, ante la conveniencia de su conocimiento y la urgencia de su lectura algo hay que decir. Recientemente, un obispo español ha escrito que se trata de un documento «que es menester conocer, leer, meditar y comentar. Porque el asunto es de suma importancia para el hombre y para la sociedad, por supuesto, también para la vida de la Iglesia»[1]. Hoy, procuraré comentar, subrayar, presentar algunos párrafos, no por más valiosos que los demás, sino sencillamente por la imperiosa necesidad de la selección.

Es claro -comienza el texto- que «la familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución»[2], el zarpazo, el golpe, la zaparrada, la «acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura»[3]. Es un hecho. No se puede negar.

También es cierto, que «muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar».[4] Estamos también ante un hecho. Tampoco se puede negar. Pero, con frecuencia, nos fijamos, más y antes, en la hendidura del árbol desquebrajado que en la lozanía del resto del bosque; nos llama más la atención la noticia escandalosa y bullanguera que el suceso vivido en el silencio y en la normalidad; ponemos antes nuestro grito en el cielo por un pequeño e insignificante desmán que ofrecemos nuestra elocuencia para alabar y aplaudir multitud de gestos nobles y encumbrados.

Por otra parte, existen familias que “se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar»[5]. Siempre ocurre lo mismo: la incertidumbre produce indecisión: el desánimo abatimiento, la duda perplejidad; la ignorancia tosquedad. No es extraño, pues, que ante tanta inseguridad, desaliento, vacilación e insapiencia sembrados estos últimos tiempos, por sembradores de vacío, de incoherencia, de vacuidad, se recojan tantas indecisiones e incertidumbres. Ya es viejo el refrán: «Siembra vientos y recogerás tempestades».[6]

«Otras (familias), en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia, se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales»[7], situación extremadamente grave, precisamente en este momento en el que se cacarea, por todos los lugares, la necesidad de respetar los derechos fundamentales del hombre. Pero, se cumple aquí también, aquel otro refrán: «una cosa es predicar y otra, muy distinta, dar trigo»[8].

Pues bien, ante estas situaciones difíciles y optimistas, ante este panorama lleno de luces y de sombras; ante este cuadro compuesto de claros y de obscuros; ante esta tierra húmeda y reseca, ante este hombre «mitad ángel, mitad bestia», llega, jovial, optimista, esperanzadora, segura, confiada, la voz del Papa –en este caso diríamos, con más precisión, -la escritura- del Vicario de Cristo, Pastor Universal, Maestro competente, a decirnos que «la Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad»,[9] quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad, y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar».[10]

Y así –en este claro obscuro en el que vivimos– «sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y la familia».

Quiero señalar, que este documento, «en especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su camino para el matrimonio y la familia»; pero de esto, podremos escribir otro día.
Nos hemos quedado en el pórtico de la Exhortación; bueno será continuar en su lectura cada uno por su cuenta.

DN 17 de enero de 1982

[1] Cfr. Mons. Marcelo González, Arzobispo de Toledo.
[2] Juan Pablo II, Constitución Familiaris consortio. 1981, n. 1.
[3] Ïbidem, n. 1.
[4] Ïbidem, n. 1.
[5] Ïbidem, n. 1.
[6] Refranero español: quien hace las cosas mal, recogerá desgracias.
[7] Juan Pablo II, Constitución Familiaris consortio. 1981, n. 1.
[8] Refranero español: es más fácil hablar que actuar.
[9] Juan Pablo II, Constitución Familiaris consortio. 1981, n. 1.
[10] Ïbidem, n. 1

martes, 13 de noviembre de 2007



«Tenían los de Inza una magnífica cruz parroquial que había sido mandada hacer
por el Señor del Palacio de Andueza. En ella estaba grabado en latín el nombre de dicho señor, Juanes de Andueza. Los más viejos aseguraban que había costado diecisiete o dieciocho vacas».

Si quisiéramos resumir, de algún modo, la religiosidad de Navarra en las centurias pasadas, podríamos decir que en cada pueblo se levantaba una iglesia, en cada iglesia brillaba una cruz y en cada cruz descansaban los amores y sudores de muchos hombres y mujeres con corazón de reyes y con gestos de familias generosas.

Lo de Inza es un ejemplo. Uno de tantos, ni más ni menos noble; ni más ni menos heroico, pero si lo suficientemente expresivo y ejemplificador como para distinguir y valorar la hombría y la honradez; la generosidad y el espíritu de fe, de aquellos que nos precedieron y de quienes quedan, por suerte todavía, ofreciéndonos los gestos concretos y las actitudes encomiables de otros tiempos.

«Tenían los de Inza –dice Florencio Idoate– una magnífica cruz parroquial –conocida de todas las otras por llevar la insignia de San Miguel a bulto debajo de la cruz, toda de plata–, que había sido mandada hacer por el Señor del Palacio de Andueza –ya difunto– algunos años antes, participando el valle en los gastos. Los más viejos aseguraban –muy gráficamente– que había costado 17 ó 18 vacas. En ella, estaba grabado en latín, el nombre de dicho señor, Juanes de Andueza, a cuya familia –la más prestigiosa de la tierra– estaba vinculada la mayordomía y alcaldío perpetuo de Aráiz».[1]

Los incidentes ocurridos en Inza, a propósito de la cruz, allá por el siglo XVI, en este momento, no nos interesan. Si hemos traído a colación lo de la cruz parroquial, ya lo hemos dicho, ha sido simplemente, por aportar un testimonio, entre muchos, del aprecio que tenían nuestros antepasados a la señal del cristiano.

Hoy las cruces parroquiales son reliquias del pasado. Muchas, al cabo de los años, se han desgastado, dejando en su uso constante, jirones de plata y trozos de adorno. Otras, han desaparecido, tal vez por descuido, insensatez o simpleza de quienes debieran custodiarlas. Sin embargo, muchas cruces parroquiales quedan; están ahí. Unas bien estuchadas, al abrigo de la seguridad y la garantía, esperando la mañana en que revoloteen las campanas y el preste de lugar se vista de fiesta y un vecino del pueblo las saque por las calles. Otras, permanecen expuestas a la devoción diaria de los fieles, a la contemplación de turistas y curiosos.

Las cruces parroquiales han sido, son y serán como un símbolo de esfuerzos y de voluntades; un racimo de fe y de esperanza; un retablo de fiestas y de alegría.

En septiembre celebramos la “Exaltación de la Santa Cruz”, justamente el día 14.

Desde que se alzara triunfante la cruz de madera en el Calvario, pasando por la gesta de Constantino y la admiración de Santa Elena, a través de innumerables cruces en las cimas de los templos o en las humildes cabezas de los nuevos cristianos, hasta llegar a la cruz parroquial de Inza, han pasado muchas brisas de gracia y muchas tormentas de impiedad; han caído muchas ramas de prejuicios y se han mudado de ilusiones, muchas veces, los olivos.

La cruz, desde aquel viernes santo, es la señal del cristiano: en las catacumbas, en el silencio; o en las basílicas, en la algazara; en lo alto de los templos o en las cimas de los montes; en el sencillo aposento del hogar o en el salón de sesiones de la ciudad; en el cuadro que adorna la ermita de la aldea o en el viejo bolsillo del cristiano corriente. La cruz siempre presente: en las cosas, en las personas, en la vida.

La cruz es un símbolo. Una realidad que se acepta o se desprecia; se rechaza o se adora. Ante la cruz, jamás se puede pasar indiferente. La cruz, también, en nuestro cuerpo. Si el hombre que sufre tiene fe, acepta, admite, recibe la cruz, y en un esfuerzo mayor, la ama y la agradece. Si la persona es incrédula, rehuye de la cruz, la rechaza y, en una desgracia mayor, la maldice.

Hoy, en este mundo nuestro, de confort y de comodidades, de materialismo y de relajamiento, las cruces siguen apareciendo ante nuestros ojos; siguen brotando con fuerza en nuestra tierra. Pero como siempre, también hoy las cruces se transforman en luz o en obscuridad; en conformidad o en resistencia; en alegría o en odio.

La cruz parroquial de Inza, es como un pequeño foco de luz que alumbra y da calor a tu cruz y a la mía, a la de tantos y tantos que caminamos por este valle de cruces.

En este mes de septiembre, vamos a limpiar las cruces, las de plata y las de cobre, y vamos a convencernos de que la cruz es nuestra señal.

Los gastos de la cruz, como los gastos de la cruz de Inza, que sean a cargo de todos.

DN 16 de septiembre de 1981
[1] Florencio Idoate, Rincones de la Historia de Navarra, Tomo I, Editorial Aramburu, Pamplona 1979, p. 42

domingo, 11 de noviembre de 2007


El mejor cuadro
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“Cuando a este cuadro de contrastes se le arranca su dimensión divina, aparece la costra horrenda de un colosal egoísmo, fruto amargo de la vertiente puramente humana, irrisorio poder que duerme agazapado en el interior de su conjunto, capaz de trastocar los más bellos colores de la estampa más perfecta”.


El hombre es un ser compuesto de diversas y profundas realidades: materia contingente y espíritu sublime con raíces de eternidad. Bestia y ángel. Madera de santo y semilla de criminal. Suave lluvia y torrencial chaparrón. Sereno remanso y estremecedora riada.

Cuando a este cuadro de contrastes se le arranca su dimensión divina, aparece la costra horrenda de un colosal egoísmo, fruto amargo de la vertiente puramente humana, irrisorio poder que duerme agazapado en el interior de su conjunto, capaz de trastocar los más bellos colores de la estampa más perfecta.

Las afirmaciones anteriores no son sólo recursos poéticos, caprichos subjetivos de mi estado anímico actual, sino más bien y, sobre todo, formulaciones pálidas de una realidad cruda y estremecedora. Sirvan unas muestras: La maternidad es una flor extraordinaria que brota de la generosidad y de la entrega. Pero ¿hay algo más horrendo, que una madre abandonando al hijo de sus entrañas en una sucia bolsa de plástico que será depositada, fríamente, en el camión de la basura?

Si se llega a tal situación es porque a lo humano —ser madre—se le ha arrancado su dimensión excelsa —colaboradora con Dios—, es decir, se ha olvidado que aquel puñadico de carne, ojos de cielo y corazón de amor, es además de eso, un hijo de Dios llamado a gozar de una espléndida felicidad.

Un hijo considerará siempre con gratitud y cariño a los que fueron sus progenitores. Les agradecerá con palabras y con obras el regalo de ellos recibido: la vida y los demás valores a ella añadidos.

Sin embargo, qué hediondo y desagradable es contemplar a un hijo que trata a sus padres peor que al perro de la casa -con todo respeto para los chuchos-.

Si estas escenas se dan es porque a lo meramente humano -la paternidad natural- se le ha desgajado el elemento divino -instrumentos de Dios-, es decir, los hijos se han llenado de egoísmo, materialismo, tristeza, impidiéndoles ver en aquellos ancianos el origen de sus vidas.
El matrimonio es un compromiso total de un hombre con una mujer y viceversa, para siempre. Sin condiciones de tiempo, de lugar, de edad o similares; de lo contrario sería una entrega imperfecta, inmadura e irreflexiva. Por eso, el divorcio es imperfección, inmadurez, atonía, que sólo se entiende desde una óptica deshumana, egocéntrica, es decir, admitiendo que a lo humano —contrato, amor, entrega— se le ha sustraído el carácter divino —contrato definitivo, amor total, entrega libre— de forma irracional o maliciosa[1].

Cuando al extraordinario cuadro que es el hombre, se le sustrae algún aspecto esencial, se le condena al fracaso más absoluto, por muchas voces que griten en las plazas que el hombre sólo es una obra de arte que fenece. Únicamente los ojos turbios y desvaídos se engañan a sí mismos.

DN 1 de marzo de 1983


[1] Amadeo de Fuenmayor, Legalidad, moralidad y cambio social. Derechos fundamentales y familia cristiana, Eunsa, Pamplona 1981, p. 87ss.

sábado, 10 de noviembre de 2007



Una sencilla idea
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“El verano es un momento propicio para visitar las obras de arte, para conocer los desconocido, para profundizar en lo experimentado, para desempolvar lo oculto y sacarle brillo a las más pequeñas acciones”.

También este año sigue pasando gente por la Catedral de Pamplona. Además de los motivos tradicionales, hay que añadir uno particular: la iglesia cabeza de la diócesis es lugar donde poder ganar el jubileo. El año Santo de la Redención está marcando las mañanas y las tardes de muchas personas de Pamplona, de Navarra y de más allá de los límites de la provincia.

El verano es un momento propicio para visitar las obras de arte, para conocer los desconocido, para profundizar en los experimentado y, también, para desempolvar lo oculto y sacarle brillo a las más pequeñas acciones.

A ti amigo –de dentro o de fuera– te brindo una idea, una sencilla idea. Cuando penetres en la Catedral de Pamplona, después de haber contemplado la fachada principal de estilo neoclásico proyectada por Ventura Rodríguez y realizada en el último cuarto de siglo XVIII, vete derecho, sin parar –es un consejo de amigo–, hasta la capilla del Santo Cristo, sita en el brazo sur del crucero. Arrodíllate un momento. Piensa en el ayer que pasó, en el hoy que disfrutas y en el mañana que esperas, y haz caso a tu corazón que te hablará de amores y de perdones, de entrega y de cobardías.

Allí está el Santo Cristo Crucificado, obra del artista navarro-riojano Juan Bazcardo, que trabajó a fines del siglo XVI o principios del XVII. Hay personas que suben por una escalera lateral hasta los pies de la cruz y allí depositan los ligeros fardos de esta vida. Tu no lo hagas, si no quieres. Pero mira al Cristo despacio. El cuerpo aparece un tanto doblado por el dolor. Los brazos tensos. La cabeza caída. Una aureola de luz y unos maderos llenos de nudos. Arriba un ángel con semblante de cielo. Mírale despacio y piensa: Año de la Redención.

La leyenda dice que cuando el mechón de pelo sanguinolento que cae de la cabellera de Cristo y le oculta la cara llegue a tocar el pecho, sucederá el fin del mundo. Es una leyenda.

Pero el Cristo de Juan Bazcardo es una voz a tu conciencia, a tus años, a tu vida y también una esperanza a nuevos horizontes. Antiguamente se denominaba ”Cristo del trascoro”, por estar situado en el lugar que indica su nombre, cuando el coro ocupaba el centro de la Iglesia Catedral.
No te levantes sin hacer un acto de fe, de esperanza, de amor. Y reza por las intenciones del Papa: un Padrenuestro y un Credo. Hoy le sirve de marco el retablo de corte neoclásico que ya tenía en su anterior emplazamiento, realizado por Manuel de Ugertemedía, arquitecto de San Sebastián, a mediados del siglo XIX.

Forma un templete de arquitectura grecorromana construido con jaspes y mármoles de las canteras de Almándoz, Aizcorbe, Aldaz y Echaurri.

Allí está el Sagrario. Haz un acto en su presencia y levántate. Sigue visitando la catedral y después, cuando salgas a la calle, te parecerá todo más hermoso. La vida cobrará para ti una nueva dimensión.

He querido ser tu cicerone.

DN fecha y año s/l

viernes, 9 de noviembre de 2007


EL EXTRAÑO HILO DE ARAÑA


“Una clara mañana de septiembre, una pequeña araña, después de haber abierto su envoltura de seda, dejó caer, desde la cima de un árbol donde había nacido, un largo hilo que transportado por el viento, se colocó sobre un cercado que estaba debajo. Aquí construyó su telaraña”.

El próximo 28 de enero, una vez más brillará en las extensas praderas del espíritu científico-cristiano, la luz fresca y refulgente, proyectada por la gigante figura del Docto Angélico, desde la ribera de otros mares.

Sano Tomás de Aquino fue –permítasenos la comparación– como un finísimo rayo láser, que penetró en las profundidades de las esencias constitutivas y de los principios de las cosas, obteniendo resultados valiosísimos para su tiempo y el nuestro. A la vera de sus escritos, traspasando las fronteras racionales, se ha encendido la pantalla de muchas almas, con el fuego de la luz de Dios, en la segura obscuridad de la fe.

Ante esta catarata de luz y de voz, si somos justos, recordaremos: Dios habló primero. En eso consiste la Revelación, en la iniciativa de Dios, que en un desbordamiento de amor, se ha encontrado personalmente con el hombre para abrir con él, por todo lo ancho del universo, un diálogo de salvación. Es Dios quien inicia la conversación en las plazas del corazón, y es Dios quien la lleva adelante. El hombre escucha asombrado y responde con tímidos balbuceos.

Sin embargo, la respuesta que Dios espera del hombre –a veces desdibujada entre los gritos y clamores disonantes, nacidos de la vieja soberbia– no se reduce a una fría apreciación intelectualista de un contenido abstracto de ideas, es algo más.

Si Dios –hemos afirmado– sale entusiasmado al encuentro del hombre y le habla, es porque le ama y quiere salvarlo. Por consiguiente, la respuesta del hombre, imagen y semejanza de Dios, debe ser ante todo, una humilde aceptación agradecida de la iniciativa divina y un confiado abandono en la arrolladora fuerza de su amor que se nos anticipa.

El hombre, observa Santo Tomás de Aquino, mientras camina en esta vida, puede alcanzar una cierta inteligencia de los misterios sobrenaturales gracias al uso de su razón, pero sólo en cuanto ésta se apoya sobre el fundamento inquebrantable de la fe, que es la participación del mismo conocimiento de Dios y de los bienaventurados.[1]

Y el gran San Agustín había escrito: «Creyendo llegas a ser capaz de entender; si no crees nunca acertarás a entender. La fe, pues, te purifica, a fin de que te sea concedido alcanzar la plena inteligencia. La inteligencia es el fruto de la fe. No buscar, pues, entender para creer, sino creer para entender».[2]

Al filo de estas sentencias, me acordé de aquella parábola joergenseniana que había leído hace tiempo, en “El problema de Dios y las ciencias”, de Vittorio Marcozzi.[3]
Una clara mañana de septiembre –dice el poeta danés, convertido (1866-1953)–, una pequeña araña, después de haber abierto su envoltura de seda, dejó caer desde la cima de un árbol donde había nacido, un largo hilo que, transportado por el viento, se colocó sobre un cercado que estaba debajo. Aquí construyó su telaraña. ¡Extendida en el azul del cielo, recubierta de gotas brillantes, parecía una blonda cuajada de gemas! Pero una fea mañana de octubre, la pobre araña, inspeccionando su obra, se encontró con un hilo extraño, que subía, subía, y parecía perderse en las nubes. Aguzó los ojos para ver donde acababa. ¡Pero inútilmente! Parecía que no tuviera apoyo. La pobre araña perdió la paciencia, y sin buscar ya más, sin probar la consistencia de aquel hilo, con un golpe de pinza lo rompió. En el mismo instante, la telaraña cedió, y la araña cayó en el cercado de espinas, con la cabeza cubierta con un pequeño y húmedo trapo: su maravillosa telaraña.

Es fácil entenderlo. El hilo de arriba es nuestra fe. En algún momento de nuestra existencia nos podrá parecer que no tenemos punto de apoyo. Antes de romperla examinémosla. Estudiemos. ¡Qué triste sería nuestra vida sin la acción de aquel hilo maravilloso! Si al caminar por la tierra no entiendes, cree, y la fe te abrirá las puertas de la inteligencia de par en par.

Sólo la constante obediencia de la fe, con la cual el hombre se abandona por completo a Dios en plena libertad –el extraño hilo de araña– puede llevar a la comprensión profunda y sabrosa de la verdad divina.

DN 29 de enero de 1980


[1] Roger Vernaeaux, Actualidad de Santo Tomás, Palabra 164, IV (1979) 163.
[2] Cfr. Claudio Basevi, ¿Por qué creer? San Agustín, Eunsa, Pamplona 1979, pp. 58-61.
[3] Cfr. Vittorio Marcozzi, “Il problema di Dio e le scienze”, Morcelliana, 1965, p. 14, y en nota cita a G. Joergensen, Parabole, trad. E. Battaglia, Firenze, G. Glandini, 1918, p. 14.

lunes, 5 de noviembre de 2007


El anciano y el niño


“El anciano me paró en medio de la calle y me dijo: «Hay cosas que no se entienden mirando hacia afuera». La verdad es que no supe qué decir. Sólo miré el rostro del anciano y observé un no sé qué de sabiduría profunda en sus pupilas. Luego me narró su vieja historia...
la suya, con todos los detalles”.


En este mundo en el que vivimos, encontramos, con frecuencia, realidades que no acertamos a explicarnos. Unas veces, por la grandeza de las mismas; en otras ocasiones, por la escasa agudeza de nuestra inteligencia. Sin embargo, las cosas están ahí, existen, persisten y permanecen. Nosotros, en cambio, pasamos y cambiamos.

Todos los años, así, casi sin pensarlo, comienzan a verdear los campos, cubriendo con sus plumas verdes la piel yerta de la tierra. Y el álamo del río se cuaja de finas hojas, cual si fueran corazones de esperanza. Y la acacia de la plaza se adorna y saluda a los ancianos que descansan en el banco de madera, a la vez que aplaude a los niños que revolotean a su lado.

Los plátanos silvestres, mochos y romos hasta hace pocos días, comienzan a despertar a la vida del sueño del invierno, señalada en brotes diminutos.

Y una nueva oportunidad se nos brinda para contemplar las flores y las rosas. Una extraordinaria aventura para soñar con ricos frutos.

El trabajo y el sol, el agua y la tierra y una noria de vasos siempre iguales que rueda lentamente, misteriosamente, por el viejo planeta de los hombres.

Y aunque es verdad que el sol que calienta a las plantas puede en ciertas ocasiones agostarlas y que la lluvia que nutre las flores puede a veces pudrirlas, no decimos que sea el sol, ni la lluvia, propiamente, los causantes de tales efectos: «El Sol que brilla sobre el barro es el mismo que brilla sobre la cera. Y mientras ablanda la cera, endurece el barro. La diferencia no está en el sol, sino en aquello sobre lo que brilla».[1]

El ser humano, sin embargo, siempre es libre. Puede girar alrededor del Creador y moverse en su círculo o, por el contrario, puede dar vueltas en torno a las criaturas y meterse en la órbita de las mismas. Esta es una realidad que a veces no entendemos.

Hace unos días me encontré con un anciano. Llevaba muchos años encima de sus espaldas. Iba algo encorvado. En su mano derecha sujetaba un recio bastón. Le apoyaba, con fuerza, sobre la tierra. Las manos, curtidas por el sol y el aire, pregonaban amor al trabajo y a la familia. De joven, con toda seguridad, habría sido un mocetón. La gorra de paño cubría una calva prolongada. Sus ojos, más de una vez, habían contemplado la cosecha en su sazón y, también habían mirado, con entusiasmo, los primeros pasos de sus hijos. Después se habían ido... unas y otros.

Me paró en medio de la calle y me dijo: «Hay cosas que no se entienden mirando hacia afuera. Y es curioso, cuanto más se mira, menos se percibe».[2] La verdad es que no supe, de momento, qué decir. Sólo miré el rostro del anciano y observé un no sé qué de sabiduría profunda en sus pupilas. El rostro le brilló de repente y como si me hubiera conocido de toda la vida, prosiguió: «No todos crecen iguales».[3] Luego me narró su vieja historia... la suya, con todos los detalles. Quise animarle, pero no pude. Se dio media vuelta y se marchó.

Allí, a dos pasos, un grupo de niños correteaba alegremente. Me fui hacia ellos para verlos más de cerca. Saltos aparentemente sin sentido. Gritos envueltos en sonrisas y pequeñas carcajadas. Un balón danzando de aquí para allá; una bota por los aires. Luego, llegaron más chiquillos. Se aumentó el barullo, creció el movimiento. Se organizó un partido de fútbol. Me senté en el banco de la plaza. Sin darme casi cuenta, llamé a gritos a un pequeño. No me hizo caso. Siguió con sus cosas y con sus juegos. Moví lentamente la cabeza sobre mi pecho, mientras repetía en mi interior como masticando las palabras: “En este mundo en el que vivimos, nos encontramos, con frecuencia, con realidades que no acertamos a explicarnos».[4]

Volví la vista para atrás. El anciano estaba lejos. Le despedí con la mano. El no me vio. Le dije sin pronunciar palabra: «El sol que brilla sobre el barro es el mismo que brilla sobre la cera». Más tarde dirigí los ojos, de nuevo, a los niños de la plaza. Todos se habían ido. La plaza estaba solitaria. Unos bancos, una fuente y unas plantas... Antes de marcharme yo también recordé: «El ser humano, sin embargo, siempre es libre».[5] Una voz, en mi interior, me repetía, a la par que el viento soplaba allá a lo lejos: «Sí, pero más libre -verda-deramente libre- si se mueve en el área del Creador y no el campo de lo creado».[6]

En más de una ocasión he dado vueltas a estas cosas. Pero, ésta es una realidad que a veces no la entiendo.

DN 21 de abril de 1982

[1] Fulton J. Sheen, Las siete palabras. Victoria sobre el vicio, Editorial Planeta, tercera edición, Barcelona 1961, pag. 138.
[2] Confidencia hecha por el anciano.
[3] Ïbidem.
[4] Fulton Sheen. La siete palabras, victoria sobre el vicio, Editorial Planeta, tercera edición, Barcelona 1961, p. 138.
[5] idem.
[6] idem.


domingo, 4 de noviembre de 2007


Enrique y Juan Labrit


“El padre se llamaba Enrique de Labrit, el hijo, Juan, el apellido el mismo. Las leyendas inscritas en sus respectivos sellos o escudos familiares eran estas: «Ego sum quod sum» y «Gratia Dei sumus quod sumus”.


Lo leí en cierta ocasión. No recuerdo exactamente cuando fue. Tal vez alguna tarde de invierno, cuando al otro lado de mi ventana jugueteaba el viento inofensivo, imberbe, y mi alma descansaba del cotidiano trajín de las diminutas aventuras ordinarias. No sé si durante este último año o sucedió en el lustro pasado.

Es difícil retener en la memoria todas y cada una de las frases más o menos curiosas o agradables con las que nos topamos en las lecturas. Pero más complicado todavía es averiguar cuándo, por qué y dónde leíamos lo que ahora actualizamos.

Es verdad que cuando uno menos lo piensa, salta la ágil liebre por entre las matas espesas y embrolladas de nuestro cerebro. Y de pronto, se presenta un recuerdo, una frase feliz, un capítulo intrigante, todo un episodio, como si se tratara de algo reciente, más aún, como algo tangible y vivo. Lo podíamos casi medir. Y entonces, solemos afirmar: «Lo tengo como si lo estuviera viendo», o «lo siento, como si lo tocara con la mano»[1].

No obstante, siempre existen causas que explican los efectos. Aunque no siempre somos capaces de descubrir la relación que existe entre ambos, por lo que nos parece que tal o cual realidad brota espontáneamente.

Eso creo me ha ocurrido en esta ocasión. Se me han presentado, en la celda de mi vida, dos viejos lemas, de dos antiguos personajes navarros, padre e hijo, con resplandor de nuevas significaciones. El padre se llamaba Enrique de Labrit, el hijo Juan, el apellido el mismo. Las leyendas inscritas en sus respectivos sellos o escudos familiares eran estas: «Ego sum quod sum» y «gratia Dei sumus quod sumus».[2]

Como es lógico, ahora –Al trasluz de los recuerdos–, ni pretendo situar históricamente a estos personajes, ni es mi intención valorar en su justa medida sus hazañas; ni siquiera aspiro a justificar el por qué de estos lemas tan cercanos como similares.

Mi propósito no es ese, ni mucho menos. Tan sólo deseo –ya que me vinieron a la memoria con la velocidad de dos palomas que cruzan los tiempos, desde la orilla del triunfante siglo XVI español hasta esta otra de nuestro agitado siglo XX–, reflexionar brevemente sobre ellas.

Así canta la primera: «Ego sum quod sum» eso soy, lo que soy, ni más ni menos. Termina el año de 1982. Uno más en la suma de la historia. Cada uno de nosotros podemos asegurar, sin miedo a equivocamos, en un singular responsable, yo también soy lo que soy.

En el silencio de las últimas campanas, entre el licor de las uvas postreras, oiremos más allá del horizonte de nuestras cosas, la respuesta a lo que somos. Debemos estar atentos si no queremos engañarnos. A veces, con bastante frecuencia, nos equivocamos. Hay tanto ruido a nuestro alrededor, que no nos oímos claramente. Dicen que sería un buen negocio comprar a las personas por lo que realmente valen y venderlas después por lo que crea cada uno vale. Días para la reflexión. Ego sum quo sum: banquero, drogadicto, albañil, divorciado, estudiante, ateo, árbitro de primera, penitente, cineasta. humilde, barrendero, enemigo... ¿Tú que eres? ¿Y tú?

Y la segunda es como la corona, el complemento, la cima de la auténtica existencia, de los verdaderos valores de la realidad misteriosa, la canción agradecida del que se cree y siente criatura, ser contingente, pero que mira a lo trascendente con esperanza. Dice simplemente así: «Gratia Dei sumus quod sumus».

Tú y yo, todos, si somos justos, normales, trabajadores, tradicionales, esforzados, creyentes, veloces, hijos pródigos, honrados, nobles, delicados, amigos, ha sido y es porque la gracia de Dios se derramó por nuestra tienda, y libremente acogimos su virtud.

Un año más. Trescientas sesenta y cinco hojas en blanco, esperando la pluma ágil, suelta del escritor que eras tú y soy yo. Una aventura por delante. Ahora un recuerdo agradecido a Enrique y Juan Labrit. Ellos estamparon ya su firma y su rúbrica sobre el lienzo de su obra. Su gestión fue terminada.

Aún quedan sus lemas: Ego sum quo sum, y gratia Dei sumus quod sumus. Feliz Año Nuevo.

DN 2 de enero de 1983
[1] Manuel Martín Sánchez, Diccionario del español coloquial (Dichos, modismos y locuciones populares). Tellus, Madrid 1997, p. 383 y 223.
[2] Florencio Idoate, Rincones de la historia de Navarra, Don Pedro de Labrit, Obispo de Cominges, Ediciones Aramburu, Pamplona 1979, Tomo III, p. 770.

viernes, 2 de noviembre de 2007


Nuevos surcos
“El grano de trigo necesita encontrar tierra buena y esponjosa, agua a su tiempo y sol en ocasiones, sólo así podrá terminar en espiga dorada y repleta”.

La vocación al sacerdocio es un regalo de Dios. Tiempo atrás, florecieron multitud de vocaciones sacerdotales entre nosotros. Era una bendición. Los futuros sacerdotes descendían de todas las zonas, de todas las clases sociales, de todas las culturas. Como las flores de un jardín variado: diversidad de tonos, unidad en la entrega.

Algunos, generosamente, después de subir las gradas del altar, se esparcían en abanico por el mundo. Otros, no con no menos amor, arraigaban su entrega aquí, en su misma tierra, entre los amigos y paisanos.

Apenas se hallaba un rincón, un pueblo donde no existiera un sacerdote salido de sus filas, amorosamente entregado a Dios y fiel servidor de sus hermanos.

A la vez, las diócesis estaban espléndidamente atendidas. ¡Cuántos servicios prestados en la obscuridad de tantos pequeños pueblos! ¡Cuántas oraciones desgranadas al rayar el alba! ¡Cuántas plegarias musitadas al caer de la tarde, junto al Dueño, a la vera del Amo!
¿Y ahora, por qué no? ¿Es que Dios se ha cansado de sembrar la buena semilla de la vocación sacerdotal? No. Estoy seguro que no.

Pero lo mismo que el grano de trigo necesita encontrar tierra buena y esponjosa, agua a su tiempo y sol en ocasiones, para terminar en espiga dorada y repleta, así la vocación sacerdotal requiere y exige una serie de condiciones, a su alrededor, si quiere cuajar en una entrega permanente.

Marzo ha sido siempre —¡qué días aquellos!— el mes del Seminario. El mes del despertar vocacional. San José, Protector de la Iglesia, sobresale en su mitad como un excelente labrador repartiendo semillas al sacerdocio.

Es necesario que limpiemos el campo de cardos y abrojos, que preparemos el nuevo surco al regalo divino, que pidamos el agua fecunda.

Ayer tarde, volví a leer el Decreto sobre la Formación sacerdotal del Concilio Vaticano II, promulgado el 28 de octubre de 1965. Permíteme transcriba un párrafo. Estoy seguro te gustará, te vendrá bien y sacarás provecho: «El deber de fomentar las vocaciones atañe a toda la comunidad cristiana, la cual ha de atenderlo ante todo con el ejercicio de una vida plenamente cristiana.

La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que, animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como un primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes.

Los maestros y cuantos de una manera u otra se ocupan de la formación de los niños y de los jóvenes, principalmente las asociaciones católicas, procuren educar a los adolescentes a ellos confiados de suerte que éstos puedan sentir y seguir gustosos la vocación divina.

Demuestren todos los sacerdotes máximo celo apostólico en el fomento de las vocaciones y, con el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de una caridad sacerdotal mutua y una unión fraternal en el trabajo, atraigan el ánimo de los adolescentes al sacerdocio».[1]

Nuevos surcos tenemos que preparar a la semilla divina.

DN 14 de marzo de 1984
[1] Concilio Vaticano, Optatam totius, n.2, Decreto sobre la Formación sacerdotal, II, BAC, Madrid 1966, pp. 456-457.

jueves, 1 de noviembre de 2007


Ermitas de Navarra


“Las ermitas son como fogonazos de blancura, de exquisitez, de refinamiento de líneas y de adornos que llevan hasta la meticulosidad renovada, hasta la sinceridad de la mirada limpia y hasta la claridad del alma navarra”.


Ermitas de Navarra. Deseaba, hace tiempo, escribir un espacio Al trasluz, sobre esta maravillosa recopilación de ermitas de Navarra[1], realizada por Fernando Pérez Ollo y editada por la Caja de Ahorros de Navarra –espléndido y magnífico rescate de luz y de tiempo–, y no sabía como hacerlo. No porque la obra no tuviera motivos más que suficientes para cantar sus virtudes y grandezas, sino porque cualquier enfoque me parecía limitado y corto.

De repente, me vino una idea: Ir pasando páginas, ojear despacio cada una, sentir el fogonazo en mi alma, gritar en silencio mi impresión y luego poner todo esto por escrito. Eso es lo que he hecho. Este es el resultado, en un orden desorganizado, pero auténtico, veraz y genuino.
Ermitas que con su entorno hablan de amplitud de horizontes, de anchura de miras, de lejanías amplias, de abertura de corazones generosos y heroicos, de caminos infinitos y de conquistas perdurables.

Ermitas que sus piedras carcomidas y mudas gritan la realidad de los desgastes, de las efímeras realidades de las cosas, de la caducidad del tiempo, de las dificultades de la vida, del pasado glorioso hecho de acciones ocultas en la grandeza del anonimato sencillo.

Ermitas fogonazos de blancura presente, de exquisitez, de progreso, de refinamiento de líneas y de adornos que llevan hasta la meticulosidad la restauración renovada y esperada, hasta la sinceridad de la mirada limpia y a la claridad del alma navarra. Sinceridad en las piedras y en la naturaleza, en los pueblos y en los campos.

Ermitas que pregonan el valor de las gentes, de aquellas gentes que se fueron envueltas en la corona de la generosidad y de aquellas gentes que subieron con fe y esperanza hasta las cimas de los montes y los collados.

Ermitas preparadas como un rincón apreciado, junto al huerto de hortalizas, junto a la querencia de las casas solariegas, construidas con el primor de lo bello y el amor de lo estimado.

Ermitas que demuestran altura en la mirada, nieve y blancura en la fe y en las costumbres, tradición y pureza en todos los pasos de la vida, aunque a veces brotaran los tallos negativos de los retoños del mal.

Ermitas llenas de misterio. En la naturaleza y en las costumbres de tantos y tantos que pasaron jalonando de valor y de coraje los estrechos caminos de los campos, y tachonando lo hitos de ilusión de los amplios prados y los estrechos valles. Llenando de oración y de plegarias todas las veredas y senderos.

Ermitas de agua limpia, como el alma santa de los niños, como la plegaria sin ruido, silenciosa, de tantos romeros que cabalgaron con parsimonia hasta el interior de cada ermita, donde depositaban sus cuitas y pesares.

Ermitas reflejo de arte, de claridad, de amor, de ingenio, de pulcritud, de unidad entre lo material y lo espiritual, entre lo vertical y el horizonte.

Y en casi todas, la cruz, la silueta del sacrificio y del dolor, la esencia de una metafísica de la piedra y la argamasa, arrancadas de las canteras y del esfuerzo, con el objeto de lograr en medio de la estaticidad del mineral la significación de la viveza y de lo imperecedero.

Ermitas de Navarra. Esta ha sido mi reflexión espontánea y limpia al hilo de la voz muda y elocuente de las páginas del primoroso libro: Ermitas de Navarra.

DN fecha y año s/l
[1] Fernando Pérez Ollo, Ermitas de Navarra, Caja de Ahorros de Navarra, Pamplona 1983, 279 pags.

miércoles, 31 de octubre de 2007


LLAMADA A BAZARRE
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confesion 1:19 San Josemaría Confesión

“Y para que ninguno lo olvide –dice la historia– se previene que todos los años convoque el mayoral a bazarre... para leer las ordenanzas en voz alta”, con el buen juicio de que no se olvidase en lo sucesivo de los puntos fijados.


Año nuevo, orden nuevo: esfuerzo joven para conquistar metas sublimes en esta nueva prueba deportiva de casi cuatrocientas metas volantes, que es el año que acabamos de estrenar, y del que hemos recorrido ya la primera decena.

Año nuevo, espacio nuevo para rectificar errores; trampolín reciente para construir los deseos antiguos en realidades presentes; campo propicio para sembrar sueños y esperar que llegue, con paciencia y con alma, el día de la siega.

Un nuevo año es un tiempo para ahondar en el momento presente; en la actividad concreta de cada instante; una oportunidad para trabajar en la parcela delimitada por veinticuatro señales exactas e iguales.

El año nuevo es como un traje, sin estrenar, sin confeccionar siquiera. Prenda que haremos día a día, con la parsimonia y la fe con que construye la mujer sencilla y trabajadora la costosa colcha a ganchillo: vuelta a vuelta, ovillo a ovillo; con la constancia que fabrica la golondrina el nido: paja a paja, después de mil idas y venidas.

Año nuevo, lance nuevo para cambiar de vida y hacerla mejor; para derribar lo viejo y realzar lo nuevo: para podar las ramas secas, inservibles y esperar los nuevos brotes; para variar el comportamiento osco y egoísta de las jornadas pasadas, por un aspecto más humano y generoso.
Un año nuevo es una atalaya inmensa para no mirar atrás, para no lamentarse, sino más bien, para tender la vista iluminada, más allá de las montañas.

Las cosas, los árboles, los hombres, son como son, pero siempre pueden mejorarse.
Un año nuevo es una ocasión para rehacer jirones; para blanquear fachadas; para vivificar intenciones; para volver las aguas desbordantes al manso cauce.

Qué bien lo entendieron los habitantes de Lizasoain, allá por el siglo XV. Dice la historia que «no andaban muy avenidos sus vecinos en aquella época, como puede apreciarse por la humilde confesión que hacen en el preámbulo” de los cotos y paramentos del lugar: «los habitadores del concejo de la villa de Lizasoain, de presente andamos fuera de toda regla justa et debida, non guardando honor a Dios ni a sus santos, ni "oviendo" temor ni vergüenza, et facer et fablar unos de otros inconvenientes, palabras deshonestas et injuriosas, ni podemos defender nuestros fruitos ni las yérbas de nuestros términos, ni habemos regla debida alguna...»[1]

Sin embargo, un día, vamos a imaginarnos un principio de año, en el recinto de la iglesia parroquial, reunido el pueblo “a pulsación de campana”, el concejo, bajo la presidencia del vicario, abad de Zuasti, aprobó los cotos y paramentos, donde se obligaban a rehacer la vida, tanto religiosa, como social, a la vez que se señalaban minuciosamente pequeños detalles de convivencia y de comportamiento relacionados con la caridad, protección de la vida, hacienda y honra, defensa de viñedos y cereales, siendo incluso castigados con sanciones concretas y precisas.

“Y para que ninguno lo olvide –sigue la historia– se previene que todos los años convoque el mayoral a bazarre el domingo anterior a San Miguel de septiembre, para leer las ordenanzas en voz alta”. En 1546, se agregaron algunos cotos más a los antiguos y el bazarre se reunía en el lugar o plaza llamada Beroquía”.

Un comienzo de año es una nueva convocatoria a bazarre a todos los hombres de cada pueblo, de cada ciudad, del mundo entero, con el fin de que cada uno de los componentes, nos comprometamos a ayudarnos más y mejor; a respetarnos en las opiniones y pareceres: a obligarnos a reconstruir paz y a edificar justicia; a sembrar serenidad y recoger ecuanimidad y beneficios.

Un año nuevo es una coyuntura para erigir, en nuestro caminar ligero, si hacemos un hueco al amor, un monumento a la verdad, que nos sirva para animarnos y fortalecernos en la ardua hechura de nuestra propia verdad.

Año nuevo, orden nuevo, esfuerzo fresco, coraje actual, corazón moderno.

DN 11 de enero de 1981

[1] Florencio Idoate, Rincones de la Historia de Navarra, Ediciones Aramburu, Pamplona 1979, Tomo I, p. 371-374.

domingo, 28 de octubre de 2007


UNA PODA AL AÑO...


“Pero una mañana, los artistas en el podar
llegaron con sus tijeras especiales
y desde la tribuna de una sencilla escalera
comenzaron a cortar lo que sobraba, a deshacer lo superfluo, a rajar y a serrar lo que en otros tiempos había sido objeto de grandeza y esplendor”.


Los árboles de las calles de la ciudad están ya todos podados. Parecen a simple vista palos inservibles plantados en la tierra, rodeados de cemento. Permanecen, como sordos troncos de madera, esperando la llegada del camión transportador. Ahora, eso sí, se hallan de pie, con aire de victoria y gesto de grandeza: con gallardía y dignidad.[1]

Hace sólo unos meses, la realidad era muy otra: largas ramas nacidas de sus cuerpos se extendían como grandes brazos deseosos de abarcar al mundo y las cosas; verdes hojas, teñidas más tarde de rico oro, aplaudían la vida y los ajetreos de los habituales caminantes. De vez en cuando, una de esas hojas caía hacia el suelo suavemente; después lo realizaban algunas más, finalmente, todas las restantes se entregaban, rendidas, satisfechas a la comodidad de la tierra. Quedaban las ramas, secas, peladas, abiertas al aire, al agua, al rocío, a la niebla y a la nieve, al desafío del hielo y del granizo.

Pero una mañana, fresca y «tiritona», los artistas en el podar llegaron con sus tijeras especiales y desde la tribuna de una sencilla escalera, comenzaron a cortar lo que sobraba, a deshacer lo superfluo, a rajar y a serrar lo que en otros tiempos había sido objeto de grandeza y esplendor.
Y así quedaron los árboles de la ciudad: romos, chatos, achaflanados, dando la sensación de incapacidad, de ineptitud, de esterilidad, de fracaso.

Sin embargo, los expertos en la materia consideran que la acción de la poda es necesaria. La experiencia, la vida, les ha enseñado que gracias a este sacrificio, a este desprendimiento de algo propio, el próximo año, de esos troncos rocosos saldrán nuevos brotes, nuevas ramas, nuevas hojas y en algunos, nuevos frutos.

Ayer tarde, paseando por cierta calle de Pamplona, a la vista de los árboles recién podados, pensé en nuestras vidas, en nuestras acciones, en esas, que en efecto crecen útiles algún tiempo, pero que, poco a poco, se van convirtiendo en realidades inútiles, resecas, desabridas, ásperas.

Pensé que no estaría de más, que cada uno de nosotros, realizáramos una profunda poda interior: cortar -por lo menos una vez al año- esos brotes de ira que crecen en cada uno de los mortales y que tan profundas raíces tienen en la naturaleza racional del hombre; esas ramas de envidia que se extienden peligrosamente y vienen a machacar el amor fraternal tan necesario; esos vástagos de lujuria que adormecen la alegría y nos llevan por el camino de los placeres de la carne; esos brotes de orgullo que amenazan con la muerte de cada uno, arrastrados por el amor desordenado de nuestra propia superioridad; esos gajos de gula que abotargan el cuerpo y el espíritu, inclinándonos de una manera excesiva a la comida y a la bebida; esos tallos de pereza que secan la sabia y el amor, excitándonos a descuidar nuestros deberes de trabajo; esos retoños de codicia que ahogan la respiración del aire, deseando con pasión, y casi exclusividad, las cosas materiales de este mundo.

Una poda al año no hace daño; antes al contrario, es de una eficacia tan extraordinaria que ningún buen administrador deja de efectuarla.

Si somos consecuentes y responsables, realizaremos esta poda de la que venimos hablando, no sólo en el plano material: de árboles de la ciudad, viñas de los campos o frutales de las huertas, sino también, en el orden espiritual: de nuestras acciones malas, aunque hubieran sido muchas veces repetidas; de nuestras costumbres por más que creamos que aquello ya no tiene remedio; de nuestros hábitos -vicios se llaman cuando se trata de algo prohibido- por muy arraigados que puedan hallarse.

No tengamos miedo al sufrimiento. El árbol con el que tropiezan nuestros ojos, cada día, es un ejemplo. Parece un tronco inservible, pero dará de nuevo hojas y sombra y alegría, precisamente, porque se ha dejado podar, transformar, querer.

No lo dejemos para el año que viene. Mañana será tarde. Es, ahora, el tiempo oportuno: para cortar y sajar, para cambiar y transformarnos, para soñar en los frutos.
La cosa es bien sencilla: Una podadera, una escalera -a veces, no hace falta- ganas y deseo de hacerlo. Si la «cosa» a cortar está muy dura, para eso tenemos la cizalla: instrumento a modo de tijeras grandes para cortar metal.

Los árboles de la ciudad ya están todos podados.

DN 31 de enero de 1982
[1] F. Caudet Yarza, Ediciones y Distribución Mateos, Madrid 1998, p. 270. “Una vez al año, ni a los viejos hace daño”; “una vez al mes, es tratarse a lo marqués”; “una vez a la semana es cosa sana”; “dos veces a la semana ni mata ni sana”; y “una vez cada día, es una porquería”.